Four Hands, Two Sonatas consiguió algo curioso conmigo: hubo momentos en los que estaba completamente metida en la relación entre sus protagonistas y otros en los que sentía que el drama pesaba. Mucho.

La terminé porque quería saber qué iba a pasar con Pi-o y Jeong-yo, porque Lee Jun-young era una razón bastante importante para estar aquí y porque, incluso cuando la historia me cansaba, ellos dos seguían teniendo algo que me hacía volver.

Pero también terminé con la sensación de que había una historia más sencilla y emocionalmente mucho más potente debajo de tanta tragedia.

Mi veredicto en corto

7.5/10
Verdict rating
★★★★★★★★☆☆

7.5/10

Verdict rating

★★★★★★★★☆☆

Me quedo con la química entre Song Kang y Lee Jun-young, con el vínculo que construyeron entre Pi-o y Jeong-yo y con una historia que por momentos encontró algo muy bonito en dos personas capaces de entenderse mejor frente a un piano que hablando.

Lo que me bajó la experiencia fue todo lo demás cuando empezó a acumularse: la venganza, personajes llevados hasta extremos casi delirantes, una densidad que a ratos me agotaba y un final que volvió a recurrir a la separación para crear tensión cuando, sinceramente, ya habíamos sufrido suficiente.

✓ Lo verías si…

  • Te gustan los dramas con protagonistas emocionalmente complejos y vínculos difíciles de etiquetar.

  • Disfrutas las historias donde la música no es solo decoración, sino parte importante de la relación entre los personajes.

  • Tienes paciencia para un ritmo pausado y una historia bastante densa.

  • Song Kang y Lee Jun-young ya son una razón suficiente para sentarte a mirar.

✗ Lo saltarías si…

  • Los planes de venganza y los conflictos familiares extremos te cansan rápido.

  • No disfrutas los dramas que acumulan tragedias, secretos y giros cada vez más intensos.

  • Necesitas que las relaciones principales tengan una definición más clara y menos ambigua.

  • Te frustran los finales con separaciones largas y reencuentros demasiado breves.

Mi mirada

Yo llegué principalmente por Lee Jun-young.

Veo a Song Kang, me gustan varios de sus dramas y no necesito que me convenzan de sentarme a verlo, pero aquí Jun era mi principal motivación.

Y al principio me costó.

El primer episodio lo vi bastante fraccionado porque todavía no terminaba de entrar en la historia. Además, ese comienzo te lanza una situación que no esperas para nada y después retrocede para empezar a explicar cómo llegamos hasta allí.

Fue con el segundo episodio cuando entendí qué era lo que realmente podía engancharme: Pi-o y Jeong-yo.

Antes del estreno recuerdo que muchísima gente preguntaba si esto sería un BL y yo era de las que pensaba: ¿por qué tiene que serlo? Dos hombres pueden tener una amistad profunda sin que necesariamente exista romance.

Y entonces vi el episodio dos.

Y me encontré cada cinco minutos pensando:

“Bueno… ok, bésense!”

No venía, obviamente.

Pero la química estaba ahí.

Y se quedó ahí hasta el final.

De qué va Four Hands, Two Sonatas

Pi-o y Jeong-yo son dos pianistas extraordinariamente talentosos que llegan a la música desde lugares completamente distintos. Pi-o creció bajo disciplina, privilegio y expectativas enormes. Jeong-yo llega cargando problemas económicos, familiares y una vida donde tocar el piano nunca fue solamente una actividad bonita.

Primero aparece la rivalidad. Después descubren que musicalmente se entienden de una forma que no encuentran fácilmente con nadie más.

A partir de allí, la historia los sigue entre amistad, competencia, heridas, decisiones familiares y una separación que termina marcando buena parte de sus vidas.

Aviso: desde aquí hablamos con spoilers.

Pi-o y Jeong-yo eran el corazón de todo esto

La relación entre ellos fue, para mí, lo mejor del drama.

No porque necesitara obligatoriamente que terminara siendo romántica, sino porque era donde sentía que la historia tenía algo realmente especial.

Cuando tocaban juntos, cuando se entendían sin decir demasiado, cuando uno conseguía llegar al otro de una manera que nadie más podía, Four Hands funcionaba muchísimo mejor.

Y precisamente por eso terminé teniendo un problema con la ambigüedad.

Al comienzo me parecía interesante. Incluso divertida.

Al final me cansó.

Después de doce episodios utilizando recursos emocionales que fácilmente pueden leerse como románticos, dejando que prácticamente toda la relación más intensa del drama exista entre estos dos hombres y evitando deliberadamente cerrar esa lectura, yo necesitaba un poquito más de definición.

No necesitaba un beso.

Necesitaba que la historia supiera qué quería decir.

Puede ser una amistad extraordinaria. Puede ser amor. Puede ser una relación que deliberadamente vive en algún lugar entre ambas cosas.

Pero “decide tú” después de invertir tanto en ellos me supo a poco.

Y después de conocer las declaraciones de la guionista, el director y hasta la lectura que hizo Jang Gyu-ri de esa conexión, menos todavía puedo aceptar la idea de que el fandom simplemente imaginó algo que no estaba allí.

La historia abrió esa puerta. Bastante.

Cuando la tragedia empezó a agotarme

Aquí fue donde el drama comenzó a perder puntos conmigo.

Yo no conecto demasiado con las historias de venganza y tampoco disfruto mucho cuando los antagonistas empiezan a cruzar esa frontera donde ya no son simplemente personas malas sino personajes capaces de cualquier barbaridad porque la trama necesita seguir escalando.

Y Four Hands escala.

Mucho.

Hubo un momento en que sentí que cada vez que estos personajes tenían alguna posibilidad de respirar, aparecía una nueva desgracia.

Eso hizo que la historia empezara a sentirse bastante makjang para mí.

No porque llegue necesariamente al nivel más desatado del género, sino por esa acumulación constante de secretos, accidentes, resentimientos, manipulaciones, venganzas y gente tomando decisiones cada vez más extremas.

Y encima estaba ella.

La madre de Pi-o.

Qué mujer tan insoportable.

La detesté prácticamente cada vez que aparecía.

Entiendo perfectamente lo que representa dentro de la historia y cómo explica muchas de las heridas de Pi-o, pero eso no significa que disfrutara viéndola. Cada intervención suya parecía diseñada específicamente para preguntarme cuánto más podía arruinarle la vida al hijo.

Y sí: podía.

También me cansé

Four Hands se me hizo lenta en varias partes.

No necesariamente porque no estuvieran ocurriendo cosas. Ocurrían demasiadas, de hecho.

Era la densidad.

Todo pesaba.

Los silencios, los traumas, las decisiones, la venganza, la culpa.

Hubo momentos en los que sentía que tenía que hacer un pequeño esfuerzo para continuar y eso, para mí, siempre marca cierta distancia con un drama.

Aun así, Lee Jun-young me sostuvo muchísimo.

Jeong-yo podía caer fácilmente en el personaje atormentado hasta el exceso, pero Jun consiguió mantener algo humano incluso en sus etapas más oscuras. Y la química con Song Kang funcionó desde muy temprano.

Los dos juntos eran muchísimo más interesantes para mí que buena parte de las cosas que ocurrían alrededor.

Y no, ese final no me alcanzó

La separación final me pareció completamente innecesaria.

Después de todo lo que habían atravesado, volver a separarlos durante años solo para generar una última dosis de tensión me parece uno de esos recursos que los dramas usan demasiado.

Ya habíamos entendido que su relación era complicada.

Ya habíamos sufrido.

No necesitábamos otros tres años para demostrarlo.

Y si igualmente vas a hacerlo, entonces págamelo.

Porque llegar finalmente al reencuentro después de todo eso y darme prácticamente tres segundos de Pi-o y Jeong-yo mirándose fue muy poco.

Bonito, sí.

Pero poco.

Quería verlos hablar.

Quería saber qué quedaba entre ellos después de esos años.

Quería un poquito de vida después del drama.

No necesariamente una explicación de veinte minutos ni una declaración definitiva. Simplemente algo más que una mirada, una sonrisa y vámonos todos para la casa.

Mi veredicto final

Four Hands, Two Sonatas tuvo una relación central que me interesó mucho más que la historia que construyeron alrededor de ella.

Pi-o y Jeong-yo tenían química, conflicto, cariño, resentimiento y una manera de necesitarse que sostuvo buena parte de mi interés incluso cuando el drama empezó a agotarme.

Me habría gustado menos tragedia, menos obsesión por mantenerlos sufriendo y bastante más confianza en esa relación, porque allí estaba lo verdaderamente interesante.

Y también habría preferido que al final se atreviera a decir un poco más.

No necesariamente qué eran.

Pero sí qué decidieron ser después de todo.

Porque después de tanto piano, tanto sufrimiento y nueve años de cuentas pendientes, creo que nos habíamos ganado más de tres segundos.